Hike!

aseosalta

Dejé el Ártico en mayo de 2011 después de haber vivido allí los años más intensos, más felices y plenos que puedo recordar. Podría aventurarme a decir los mejores años de mi vida, pero eso significaría reconocer que no confío en que haya algo mejor por venir… y ese no es el caso. Después vagabundeé -a pie- por Carelia durante unas semanas y vagabundeé otras semanas –en velero- por el mar Báltico. Un desafortunado accidente puso patas arriba el sueño hecho realidad en el que había convertido mi existencia, y luego fui incapaz de recuperar ese sueño; ni siquiera alcancé de nuevo el punto de partida: me quedé sin brújula y perdí el norte por completo.

A principios de octubre, un anuncio en Barrabés.com llamó mi atención. José Mijares buscaba a alguien para pasar un mes cuidando a su perro Lonchas. Hacía tiempo que venía siguiendo la trayectoria de ambos, tanto a través del blog de Jose como del Facebook de Artico Ice Bar. No dudé un instante en enviar mi solicitud y hace unos días aterrizaba en Alta. Había estado allí cuatro años atrás por última vez y es difícil explicar cuánta gente, cuántos momentos, cuántos perros, cuántos buenos y malos ratos me vinieron a la cabeza al entrar al baño del aeropuerto y ver en las puertas de los váteres la imagen de un trineo tirado por perros (no olvidemos que Alta es la ciudad de salida de la Finnmarksløpet, la carrera con perros de trineo más larga de Europa). Cuando unas horas después viajaba en autobús hacia Honningsvåg, en la isla de Magerøya, supe que volvía a tener mi brújula entre las manos.

Estos días con Lonchas están siendo fantásticos. Una sencilla y agradable rutina que en ocasiones –la mayoría de los días-, se ve deslucida por un tiempo horroroso, con poco frío, viento y lluvia; una rutina dedicada básicamente a pasear a Lonchas, mimarlo –él lo pone muy pero que muy fácil-, leer, pensar y mirar por la ventana. En el paseo nocturno de cada jornada, cuando hay suerte, nos acompañan auroras boreales; en el primer paseo de la mañana lo hace la luz azulada propia de estas latitudes cuando el sol aún anda escondido. Si algo acaba sobrando en semejantes circunstancias es tiempo para la introspección, pero a pesar de tanto pensar no hay todavía conclusiones claras, o quizá sí: entre lo claro, la necesidad de explicar la pasión por salir a helarse las manos y el culo a treinta bajo cero en la inmejorable compañía de un equipo de treinta y dos patas, de intentar describir –sin lograrlo, seguro-, cómo de altos son los saltos de alegría de un perro de tiro cuando ve un arnés. Empecé, por esa necesidad, con un blog alojado en otra plataforma hace algunos días, sin haberme prodigado en exceso en cuanto a entradas; entradas, ésas, que intentaré ir trasladando aquí en los próximamente.

Hay quienes ahora dirían HIKE, HIKE! o MUSH, MUSH!, para ponernos en marcha… pero yo siempre fui más de empezar con un VAAAMOS BONICOS, VENGA VA!.

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