Anabel

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Leía recientemente en el blog de los mushers Javier Marina y Agurtzane Ibarguen un emotivo post acerca de su perra Beanie, que nueve años atrás llegó a sus vidas para cambiarlas. La obligación de un musher con sus perros no se limita al tiempo que estos le son útiles: es para toda la vida, para toda SU vida, y alegra saber que hay quienes lo tienen claro. Ese emotivo texto acerca de Beanie llegaba apenas tres días después de que conociera la muerte de Anabel, una perra con la que trabajé en la temporada 2009/2010 y a la que por fin se le reconocía su valía, entrando a formar parte del equipo de carreras del musher dueño de la empresa para la que curré. Anabel iba a correr esta temporada las carreras más destacadas del norte de Europa, entre ellas la Finnmarksløpet 1000, pero las heridas que sufrió en una pelea en el kennel acabaron con ella.
 
Leo ahora que Anabel era una buena perra aunque algo dominante, lo que provocó algunos rifirafes en el kennel del equipo de carreras que se saldaron con la pelea que al final acabó con su vida. Es algo que no habría dicho nunca: para mí, pasaba desapercibida por su excelente comportamiento, podías colocarla en la jaula con cualquier otro perro como compañero, y a la hora de dejarlos correr libres dentro del kennel, era de las que no paraban de jugar con unos y otros. No sé qué pasó y tampoco quiero saberlo; aunque las peleas ocurren incluso en los mejores kennels y no se trata de buscar culpables, alguno debería hacer más frecuentemente examen de conciencia y asegurarse de que realmente hizo todo lo posible por evitar situaciones como la de Anabel.
Mi buena amiga Ramona -y mejor consejera en esto de los perros-, me repetía lo mismo cada vez que yo me quejaba de lo que me costaba hacerme con según qué perros o las que me acababan liando otros: no hay perros buenos ni malos, sólo perros con los que se necesita trabajar de una forma u otra distinta. No hablaba Ramona únicamente de la bondad y la maldad de unos animales que podían tener mejor o peor hostia, ser más o menos simpáticos, sino también de cuán buenos o malos eran para ejercer el trabajo al que estaban destinados. La afirmación de Ramona parece de cajón, pero en realidad no lo es tanto y al final todos tendemos a repetir las pautas que nos han funcionado en el pasado (en cuanto a entrenamientos, alimentación o manejo en general de los perros).
Quizá Anabel prefería Finlandia a Suecia y no le gustó su nuevo kennel, quién sabe, y nunca acabó de adaptarse desde que la llevaron allí este pasado otoño. La cuestión es que llega un momento, como explican Javier y Agurtzane, en el que somos nosotros quienes hemos de darles, después de toda una vida -la suya-, recibiendo de ellos. A Anabel, que tenía sólo cinco años, no me queda otra que darle con letras. Ella y Velvet eran mis favoritas al frente del tiro, sin que en muchas ocasiones pudieras distinguir quién de las dos ejercía realmente de líder, quién era la primera en ejecutar la orden. Anabel era parte de ese todo que forman musher, perros y trineo en los mejores ratos que pasé en el PN Pallas-Yllästunturi y se merecía mucho más que unas palabras en un blog, una fosa en el bosque y apenas fotos, de pasada, en el archivo digital de algún turista con ínfulas de aventurero que ni siquiera recordará su nombre.

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