Mackey, el atleta más duro del mundo

Mackey at Comeback Kennel with one of his sled dogs, Rivers.

Foto: Tom Fowlks. Outside Online

Magnífico el reportaje que hace unos días aparecía en la revista Outside Online, recomiendo encarecidamente su lectura aunque sea traductor mediante. No hay nada que no supiéramos ya (drogas y exmujeres, perros que vender, la historia de Zorro, su última novia –una joven y atractiva violonchelista-, las bondades de la carne de castor, la marihuana…), quizá, solamente, que el periodista pinta a un Mackey mucho más humano que el Mackey al que nos acostumbraron cuando enlazaba victorias, un Mackey resignado a una mala suerte que no acaba de abandonarlo. Justo en los días previos a la publicación del artículo sabíamos de las complicaciones en los tratamientos que sigue para paliar los efectos del tratamiento contra el cáncer que sufrió hace unos años y cuyas secuelas persisten. En la actualidad, a Mackey no le queda un solo diente, el coste de los implantes es elevadísimo, él está en bancarrota desde hace tiempo y parece que la factura la acabarán pagando los fans, volcados en la recolección del dinero.

¿Es Lance Mackey el atleta más duro del mundo? Si leen los comentarios al reportaje, algunos dirán que quienes lo son, son sus perros; que al fin y al cabo, son sus perros quienes arrastran del trineo que lo lleva a él a cruzar la línea de meta. Y es, en parte, cierto. De nada le vale a un musher una excelente preparación mental y física si sus perros no están a la altura. De nada le valen a un musher los mejores perros del mundo si es él quien no puede seguirles el ritmo. Y no me limito al hecho de que uno necesite estar más o menos en forma para subirse a un trineo –hablo por experiencia, soy la antítesis de lo deportivo y más de una vez corriendo cuesta arriba para ayudar a los perros he lamentado no tener la sana costumbre de salir a echar una carrerita cada mañana-, sino de algo que va mucho más allá: el musher de alto nivel debe reunir, necesariamente, unas excelentes condiciones físicas. Prueben a hacerse mil kilómetros con una decena de perros delante por debajo de los treinta bajo cero.

Junto a los comentarios al artículo que cuestionan el estado de los perros de Mackey –o de todos los mushers del mundo en general, algo de lo que hablaré en este blog con más detalle-, hay también comentarios de admiración ciega –yo misma he profesado esa admiración a Lance Mackey durante muchos años- al ídolo de masas que fue y que en menor medida sigue siendo. Como ha ocurrido con tantos otros mushers de nivel, gozan durante tres o cuatro años de unos excelentes resultados deportivos y después empieza la cuesta hacia abajo. Las razones son obvias: si uno consigue edificar el equipo perfecto, la vida útil de éste en primera fila es limitada. Una vez alcanzado el pico de rendimiento de los perros que forman ese equipo de sueño, ya no se puede ir más lejos, puedes tratar de perpetuar su estirpe pero quizá nunca vuelvas a encontrar esa combinación ganadora que te lleva a la victoria cuatro veces en la Iditarod y cuatro veces en la Yukon Quest. Aunque su popularidad no pasaba por su mejor momento en los últimos tiempos, su delicado estado de salud (junto al delicado estado de salud de sus finanzas) ha vuelto a colocarlo en primera línea en los medios de Alaska (para bien o para mal, y desde una perspectiva demasiado amarillista en ocasiones).

Una, como todos, tiene sus héroes, sus sacrosantos ídolos colocados cuidadosamente en lo alto de las estanterías o en pósters en las paredes de la habitación. Y ahí sigue estando Lance Mackey, sonriete y abrazado a un perro. Desdentado y delgado en extremo, con sus multas por conducir borracho, vendiendo perros a destajo y con sus positivos en controles antidroga. Ahí seguirá estando y a ver quién es el valiente que se atreve a bajármelo.

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