Del desorden emocional del musher de larga distancia

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En los últimos dos días un musher me ha pedido dinero -me debe él a mí-, me ha ofrecido trabajo en Alaska, otros dos han querido venderme perros y mi ex, que también es musher, pretende arrejuntarme con el handler de una famosa musher noruega además de proponerme una camada con una de mis perras (creo que no sabe que la esterilicé hace tres meses). Cuando estábamos juntos y el trabajo nos llevaba a bosques distintos, lo más parecido a sexo telefónico que teníamos eran ardientes SMS en los que no me decía que me lo comería sino que quería run my trail; durante algunas semanas pensé que lo nuestro tenía futuro y llegué a imaginarme camino de la iglesia de mi pueblo, vestida de blanco, sobre un triciclo tirado por nuestros perros. Cuando durante esas semanas esperanzadoras  él también veía algún futuro y dejaba ir sus semillas por mi trail, no hablaba de hacerme un equipo de fútbol sino un equipo para la Yukon Quest. Lo cierto es que nunca le dije que todas las mañanas tomaba cierta pastillita.

Cuando una de mis amigas, musher ella, se juntó con un hombre treinta años mayor que había llegado a Ivalo en una caravana buscando oro, decidieron comprar veinticinco perros. Dos meses más tarde a él se le fue la olla y quiso matar a una estudiante de veterinaria compañera de trabajo que también se había juntado con un musher, este veinte años mayor. Mi amiga se quedó con dos perros y el resto fueron vendidos, el buscador de oro y su caravana desaparecieron y semanas después ella se enamoró de un cocinero finlandés con el hígado hecho puré y del que consiguió tres abortos.

Escribo con los pantalones manchados de sangre, orines y mierda de perro pero dos días han bastado para acostumbrarme de nuevo a ese olor; he de decir, también, que me duché por última vez el domingo por la mañana, estamos a martes y muy probablemente no podré volver a hacerlo hasta el jueves. Al otro musher que también vive en esta especie de granja se le fue la mano con la procreación y tiene perros hasta en la sopa; ayer uno se me quedó mirando a través de la ventana, inmóvil sentado sobre el fregadero. Consiento que mis perros duerman conmigo y en las últimas semanas incluso consentí dormir con el culo de una gata en la cara, pero ¿qué hace un perro andando por el fregadero y el banco de la cocina? Seguro que no estaba la mujer en ese momento, porque ahora está y si no deja de gritar ella, no deja de gritar él y no dejan de gritar los perros, quizá saqué la Opinel que pasó el control del aeropuerto metida en mi entrepierna y me dedique a poner orden en esta locura. Mañana por la mañana salgo en un viaje por carretera de más de mil kilómetros con unos cuantos perros cargados en un remolque y necesito, como poco, haber dormido unas horas.

Hace algunos años la sordidez me resultaba graciosa, no sólo la de las vidas de los otros; también la de la vida propia. Ni que fuera a valerme algún día como material literario, atesoré historias varias de colgados varios -colgados, en ocasiones, en el sentido literal de la palabra- y a veces no sé si vivía en Laponia o en una novela de un Arto Paasilinna pasado de vueltas, vodka y speed. Hoy, mientras devolvía al kennel a un perro y antes de coger a otro para llevarlo hasta la improvisada peluquería donde preparábamos las patas -el cuarto de baño-, me he agachado al lado de una caseta y he plantado allí el pino que llevaba aguantando las diez horas que llevaba trabajando; luego he ido a por el recogedor y el piolet usado a modo de rastrillo/pala (también en el arte de recoger mierda de perro tiene su librillo cada maestrillo), he cogido el pino aún humeante y lo he dejado caer en la montaña de mierda de perro que había estado recogiendo diez horas antes. El musher vecino ha venido a ofrecerme su baño amablemente, me he dado cuenta de que era guapo y por mirarlo casi se me escapa el perro al que llevaba en ese momento al matadero, quiero decir al cuarto de baño, a recortarle los pelos de las almohadillas plantares y cortarle las uñas. Cuando ha intentado escaparse mientras le ponían guapas las patas y se ha llevado un puñetazo y algunos gritos, se ha meado y cagado encima y yo me he puesto a llorar. A la pregunta de si me pasaba algo he respondido que nada, y me he sacudido unas gotas de sangre de los pantalones como si no supiera que van a quedarse ahí para siempre.

En serio, espero que en mi siguiente vida, si la hay, me gusten los gatos.

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