Mushing, o no

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No quise escribir esta entrada ayer en caliente porque prefería darme tiempo a reflexionar, aunque sólo fuera una noche. Pasada ésta, la conclusión, si bien lo que voy a escribir carecerá de detalles que seguro que ayer por la tarde pensaba (y no tendrá la mala leche que debería), sigue siendo la misma: no quiero volver a trabajar en esto.

Ayer volví a subirme a un trineo tras más de dos años sin hacerlo. Podría remirar entre fotos y decir la fecha exacta, el día exacto en que subí en un trineo tirado por perros por última vez en la primavera de 2011. Recuerdo que hacía un día fabuloso aunque empezaba a hacer demasiada calor para los perros y Tara, la perra que llevaba de líder, vomitó a mitad recorrido. Recuerdo que me acompañaba la amiga Anja, que días después se iría a Alaska para no volver hasta hace unos meses, cuando decidió cambiar perros y frío por peces y corales en Australia. Recuerdo que fue un buen día, el colofón perfecto a una temporada que tuvo sus cosas buenas pero también sus cosas malas. Después, el resto del mes de abril, aunque seguía pasando con los perros la mayor parte del día, ya no salí con ellos y empezaron a desmontar el kennel para trasladarlos a otro lugar, con lo que conforme en su nueva ubicación se iban construyendo sus nuevas casetas, se los iban llevando para allá. A finales de abril y principios de mayo, con la veintena de perros que quedaban allí y que deberían aún esperar su traslado unos días, mi ex y yo salíamos con un viejo quad sin frenos ni motor con todos ellos atados. Nada más, desde entonces, vida por otros derroteros y tal y cual.

Durante todo este tiempo he seguido vinculada al mundo de los perros de tiro, más como espectadora que como practicante habitual. Sigo las carreras de a lo largo y ancho del mundo, tengo a mis ídolos y a mis villanos, continuo interesándome por aspectos técnicos de este deporte, tratando de aprender el máximo, colaboro con cualquier idea/evento/lo-que-sea relacionado con esto y además de no ser por el mushing no habría conocido a algunos de mis grandes amigos; de vez en cuando, incluso, salgo a dar una vuelta en bicicleta con mis perras o presto la más grande a quien quiera correr con ella.  Pero no había vuelto a trabajar en ello aquí arriba, epicentro del negocio de los perros de tiro, y uno de los motivos era el rechazo que me produce la instrumentalización de los perros, el reducir su condición a la de herramientas de trabajo, fuente de ingresos. No entraré ahora en el debate acerca de las condiciones en que miles de estos animales viven no sólo aquí -idéntico debate se ha producido varias veces a raíz de los perros que dan paseos en alguna estación de esquí española- sino en el resto del mundo dedicados a pasear turistas. Tampoco entraré en el de las condiciones en que algunos mushers del ámbito de la competición tienen a sus perros. Para abreviar, por lo que a mí respecta, debe haber unos mínimos. Y uno de mis problemas -el mayor- es que ahora mismo, podéis llamarme blanda, mis mínimos son los máximos de mucha gente, y podría aguantar si estuviéramos hablando de motos o de piraguas, pero estamos hablando de perros.

Ayer, con ilusión pueril, volví a subirme a un trineo, volví  a helarme el culo y las manos, volví a escuchar el ruido de los patines deslizarse sobre el hielo, los perros volvieron a poner a prueba mi temor a la velocidad galopando por una carretera y volví a cagarme viva en tramos de bosque sin apenas nieve y el trineo pasando justo entre dos árboles más rápido de lo que me hubiera gustado. También flipé encontrándome con alces como si no hubiera visto alces en mi puta vida, asistí a una puesta de sol preciosa desde el lago Savalen y a ratos disfruté y pensé que estaba justo donde debía estar: donde quería estar. Siete horas sin bajarse del trineo dan para mucho, para pensar mucho, y cuando volvimos al kennel tuve claro que no quería tener nada que ver con esto.

No se trata de una decisión inamovible, de decir hasta aquí hemos llegado y de ahora en adelante sacar espuma por la boca al ver un arnés o emprender una cruzada personal contra algo que, a pesar de todo, sigue apasionándome y siendo uno de los pilares alrededor de los que gira mi día a día. Pero prefiero seguir con mi pasión sin ver sus miserias que tomar parte de primera mano en cosas que me hacen sentir peor persona. Hace un par de años me desencanté de esto y pensé que sería para siempre, aunque la cabra tira al monte de manera inevitable y por eso tenía tantas ganas de volver y, probablemente, cuando pasen estas seis semanas y después pase el verano… habrán de atarme a la pata de la silla para que no me ponga a buscar en qué kennel pasar una temporadita. Pero sin decir para siempre, y sin decir nunca, a día de hoy lo dejo en que habrá de pasar bastante tiempo hasta que decida volver a trabajar con perros de esta manera. Seguiré disfrutando de esto, seguiré volviéndome loca a aplaudir cuando vea por la pantalla cómo Brent Sass toma la salida en la Iditarod y seguiré contando con una sonrisa de los momentos felices batallitas de cuando vivía en Laponia y sólo quería correr, correr con mis perros, y nada más.

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