El handlerismo es lo que tiene

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Mi amiga Ramona me lo decía ayer bien claro mientras hablábamos por teléfono: pareces novata, Àgueda. Así de sencillo. Si hace unos días ya dije que, tras lo que expliqué que había ocurrido con una española en el campamento de Gilles Elkaim, veía útil escribir una serie de recomendaciones para futuros aspirantes a guía de excursiones en trineo/handler/cualquier-cosa-que-se-le-parezca-en-el-norte, después de lo que me ha ocurrido durante esta semana no es ya útil, es necesario. Todos hemos escuchado escabrosas historias acerca del asunto, quien más quien menos que haya estado en esto ha pasado por según qué tragos que aunque desagradables están más o menos asumidos (no cobrar, trabajar bastantes más horas de las recomendables, etcétera), pero la verdad es que a estas alturas nunca pensé que algo así me ocurriría a mí. Y sí, ahí estaba a las dos de la mañana del jueves a veintitantos grados bajo cero tirada en una carretera por la que no pasaba nadie, a oscuras y cargada con todo mi equipaje.

Cuando unas horas después me abrió al puerta el recepcionista del Hetta Hotel, lo primero que me dijo tras cogerme las mochilas y prepararme algo caliente era si quería llamar a la policía. No era para tanto, la verdad, aunque en ese momento la pesadilla resultaba especialmente dramática, aderezada con lágrimas y pómulos y manos congeladas. Ahora, desde el aeropuerto de Lisboa, resulta incluso gracioso, aunque de gracioso no tenga nada, absolutamente nada. Lamentablemente, lo que me ha pasado es bastante habitual.

La historia, en resumidas cuentas, es que yo había aceptado hacer un trabajo, en unas condiciones que no me convencían del todo pero que a la vez, como se trataba de hacerlo sólo durante unas semanas, tampoco me importaban tanto, siendo además la contraprestación la posibilidad de volver a estar en mi rincón favorito de la Laponia finlandesa haciendo, además, lo que más me gusta hacer. No hubiera aceptado si no me lo hubiera pedido como favor alguien de plena confianza, cuyo criterio -debería saberlo yo a estas alturas después de haber convivido con él durante más de un año- difiere bastante del mío en según qué cosas referidas a lo que nos ocupa (esto es, PERROS), pero que aún así es, ya digo, de plena confianza y lo último que pensé es que habría problemas si él me aseguraba que no los habría. Después, hubo esos problemas, y fueron mucho peor de lo que habría imaginado. Ahora (bueno, mañana por la mañana y tras dos escalas) cogeré un avión para volver a casa.

Si después de la primera salida en trineo, justo un día después de llegar a Tynset, ya dejé escrito aquí que no quería volver a trabajar con perros de tiro (aunque iba a aguantar todo el mes, como había acordado), el resto de la semana no ha hecho sino confirmar no sólo eso sino también lo que no dije pero se intuye en la entrada previa a esta: el mushing debe ser el deporte con más tarados del mundo en sus filas. Cosa, otra parte, lógica por las circunstancias en las que obliga a vivir a partir de cierto nivel. No sé si es antes el huevo o la gallina, si son quienes ya vienen con la taradura de serie quienes acaban yendo a parar a esto o si por el contrario a uno le empiezan a pasar cosas raras por la cabeza una vez empieza. Tampoco me importa, la verdad. Ahora mismo por los únicos por quienes lo lamento es por los perros, no sólo por esos con quienes he compartido la última semana sino también por todos los perros que hay en el mundo en condiciones similares. Tengo que contenerme para no dar detalles de lo que han sido estos días, pero la difamación sin más y en un blog me parece de muy mal gusto.

Cuando ayer a las tantas llegué a ese rincón de la Laponia finlandesa donde debía pasar las próximas tres semanas -después de un eterno viaje por carretera los pormenores del cual no pasaré a relatar, pero que dan para una road movie de terror-, las cabañas del camping donde supuestamente debíamos dormir estaban cerradas. A la puerta de una de esas cabañas, en la escalera, había unas velas encendidas y un tío en pelotas pero con parka y botas puestas jugando a mearlas. Yo le dije buenas noches cuando me hubiera gustado preguntarle si veía normal todo, el estar él meando velas, el que yo acabara de llegar en furgoneta con un tarado al lado que se había ido detrás de unos abetos a proferir amenazas por teléfono a no sé quién, en fin, todo, también quién mandaba allí y quién podía tener una llave para nosotros, porque empiezo a necesitar referencias acerca de lo que es normal o lo que deja de serlo. Tenía una meada de estas largas, el hombre, que ni se inmutó de mi buenas noches y siguió meando velas, luego se la sacudió y se metió dentro de la cabañita. Meó toda la escalera, la mayoría de las velas no las apagó. En vistas de que quien venía conmigo no dejaba de gritar a no sé quién por teléfono y viendo que después de varias noches sin dormir esa no sería distinta, me puse a sacar a los perros del remolque. A la pregunta “¿no tienes antibiótico o algo para esta perra que no tiene nada bien las orejas?”, quien venía conmigo dijo que los perros corren con las patas y no con las orejas. Y la perra, la pobre, con el baile de San Vito en la cabeza y una infección de caballo. Hacía veintipico grados bajo cero, por cierto.

Cómo una hora después yo caminaba cargada de todo mi equipaje por la carretera a oscuras de Sirkka a Hetta es, como los pormenores del viaje, una larga historia que omitiré. Lo de después de la peregrinación a oscuras y con las manos congeladas es que un amable recepcionista de un hotel me prepara una manzanilla bien calentita. Lo que no hay por dónde cogerlo no hay por dónde cogerlo, y punto. Unos se tiran al alcohol, otras a la droga, otros se follan peces, Catón se arroja sobre su espada que diría Herman Melville en ese comienzo que tanto tantísimo nos gusta y otros nos tiramos en pelotas por la nieve a ver si así se nos activa la circulación y nos llega a la cabeza el chorrito que nos falta. Eso sí, el que es un desgraciado es un desgraciado para toda la puta vida, se tire encima de lo que se tire, se tire al alcohol, al póker o a follarse vacas ciegas. Hay pasiones que arrastran y pasiones que te hacen arrastrarte, y mola que haya peña que se deje arrastrar por esas pasiones… o qué coño, no es que mole, es que creo fervientemente que no sabría vivir de otra forma que no fuera dejándose quemar, abrasar o congelar en pro de no sé qué pasiones. Aunque a veces me gustaría comprarme un apartamentito en la playa de Oliva.

Quizá si eres Hunter S. Thompson hay cosas que te molará vivirlas para contarlas después, y ya dije en la entrada anterior que la sordidez siempre nos ha gustado, pero que cuando es tu vida la que parece sacada de una novela de Arto Paasilinna pasado de speed y vodka, deja de hacer tanta gracia, sobre todo si además te llevas como recuerdo un pómulo congelado. Caminar por una carretera en medio de Laponia de noche a casi treinta grados bajo cero no puede molarle a nadie, y dentro de lo poco que mola aún es peor si conforme te vas alejando hay perros que ladran precisamente porque te vas. Podría haber sido peor, muchísimo peor, pero sé que el lunes cuando alrededor de un buen desayuno esté hablando de ello nos vamos a mear de la risa porque no sabemos hacer las cosas de otra manera que no sea así.

Y me reitero, ojalá que en otra vida me gusten los gatos.

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