La Iditarod

Foto: Iditarod Trail Committee

Foto: Iditarod Trail Committee

No guardo recuerdos, no al menos exactos, relacionados con el mushing a temprana edad. Y es lógico; quizá si hubiera nacido algunos países más al norte podría haber caído en una familia que viviera rodeada de nieve y perros, pero hube de conformarme con esto último, con nacer en el campo aunque apenas nevara dos o tres veces al año, en una casa en la que los perros siempre estuvieron cerca. Decía mi abuelo a veces de atar a la traílla de sus perros de caza un carrito para que me llevaran arrastrando, como hacía el hombre que mi abuela y sus hermanas recordaban que iba vendiendo por todos los pueblos de este valle cuando ellas eran pequeñas. Años después vi la foto: se trataba de un hombre diminuto que con un atelaje similar al empleado para los caballos, enganchaba a un pobre perro considerablemente más alto que él. Aunque entre mis libros infantiles había cuentos de Jack London, adaptaciones ilustradas de La llamada de lo salvaje o de Colmillo Blanco y en ellas aparecían perros de tiro, no fue hasta una noche mientras mi hermana y yo cenábamos que vi por primera vez de qué iba aquello y soñé con hacerlo algún día.

Fue viendo Al filo de lo imposible; creo que en los noventa Al filo se veía los domingos por la noche en todas las casas, fueran sus habitantes más o menos aficionados a estas cosas de la aventura y la exploración. El programa de aquella noche iba sobre la Iditarod, si no recuerdo mal se trataba de una especie de homenaje a Félix Rodríguez de la Fuente, que perdió la vida filmando precisamente la mítica carrera. Menuda revelación fue aquello: Alaska, los perros, el frío, la nieve… Coincidió todo con una especie de moda en la ciudad -yo vivía en un pueblo en el campo pero iba a la ciudad al colegio- con las razas nórdicas, y por las calles se veían samoyedos y huskys siberianos a montones. Durante años, todas las mañanas cuando pasábamos por Cocentaina para ir a Alcoi, al colegio, veía en un diminuto balcón a un husky siberiano acostado y mi madre siempre decía “pobre perro“.  Al pueblo la moda de las razas nórdicas no llegó: allí un buen perro seguía siendo el perro que mejor cazara. Ya entonces mi abuelo había dejado de cazar en plan serio y cuando sus últimos grandes perros fueron muriéndose, los que empezaron a llegar a la familia eran animales recogidos, sin raza ni procedencia conocida. Yo, por supuesto, pedí un husky siberiano, pero me tuve que contentar con un peluche.

Llegaron, también, las retransmisiones en TV3 de la Pirena, Internet y mayor acceso a la información, revistas sobre montaña y aire libre que mi padre me compraba cada domingo cuando subíamos hasta el pueblo a por la prensa y unos churros con chocolate; revistas en las que a veces caía algún artículo sobre mushing como algo anecdótico, sobre exploraciones polares de principios del siglo XX. Desconocía entonces que había un montón de carreras en Europa, que en España había locos maravillosos que se iniciaban con el mushing en tierra, que aquello estaba mucho más cerca de lo que pensaba y que además podría haberlo hecho con los perros de casa  y una bicicleta. Para mí existían la Iditarod y poco más, y gracias a esa carrera que quizá hoy miro con un interés menor que el que me despiertan otras carreras como la Yukon Quest o la Finnmarksløpet, empezó mi admiración por gente como Susan Butcher o Lance Mackey, una admiración que continua vigente en el caso de la difunta Butcher, y que en el caso de Mackey se ha visto algo atenuada, aunque sigue estando en mi altar particular.

Tenía veinte años cuando me fui a Noruega, Lance Mackey vivía su mejor momento en la competición y hablábamos de él a la hora de la cena y  me daba cuenta de que ni los nortes ni los sueños quedaban tan lejos. En siete horas dará comienzo una nueva edición de la Iditarod. En media hora debo estar vestida de no-sé-qué para empezar la comida que da inicio a los Carnavales, en un sábado que promete alargarse demasiado. Sé que no voy a despegarme del teléfono, más con la app preparada para seguir esta edición de la Iditaord y que podéis descargar aquí. Mi querido Brent Sass no competirá aunque Hugh Neff llevará perros suyos, Allen Moore sigue siendo de los favoritos y siempre alegra ver a la Dee Dee Jonrowe con sus ropajes color rosa y su melena rubia y el maquillaje impoluto.

Sin demasiado criterio, mi apuesta por los cinco primeros equipos es la siguiente, basada más en afinidades personales que en un exhaustivo estudio de cómo han ido a lo largo de este año los siguientes mushers en carreras previas a la Iditarod.

1. Allen Moore

2. Jeff King

3. Dallas Seavey

4. Hugh Neff

5. Aliy Zirkle

(y si hubiera un sexto puesto posible en esta absurda autoapuesta, pondría al noruego Robert Sørlie, quien creo que tiene posibilidades… y si no fuera por la victoria de Allen Moore en la Yukon Quest, hubiera puesto a su mujer Aliy Zirkle en el primer puesto: ya estaría bien que fuera una mujer la ganadora este año).

Buen fin de semana, y buen mushing.

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