Magerøya

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Hace ya más de dos semanas que llegué aquí, al paralelo 71, una vez más a cuidar al perro Lonchas. No son unas malas vacaciones, la verdad, estas de estar aquí sin más obligación que la de estar a disposición del peludo las 24 horas del día. Si el invierno se nos hizo algo tedioso, en esta ocasión todo está resultando muy muy muy agradable, tanto para Lonchas como para mí. Al hecho de conocernos ya y saber cada uno qué piensa el otro en todo momento, se unen un clima más benévolo, la disposición de vehículo y un montón de horas de luz para disfrutar de la isla. 

Siempre que el tiempo nos lo permite, y cuando no también -si viviéramos subordinados a los días sin viento o lluvia, no saldríamos de casa-, Lonchas y yo salimos de excursión sin otro objetivo que el de disfrutar sin más del paseo, sin metas, sin la obligación de llegar a ningún sitio, sin hora de salida ni de vuelta, y con paradas a recoger bayas o a pescar cuando el paisaje deja. La isla está preciosa en otoño y para mí resulta todo casi nuevo: de todos los años que he pasado en el norte, justamente el otoño ha sido siempre el tiempo puente entre la temporada de verano y la de invierno, y siempre me ha pillado en el sur. Aunque en esta isla no hay un puto árbol, los colores típicamente otoñales también tienen su lugar en la tundra. Los seis mil renos de familias saamis que vienen aquí a pasar el verano siguen campando a sus anchas hasta principios de octubre,  hemos tenido ya cuatro noches de auroras boreales espectaculares y las visitas a unos y otros diminutos pueblos de pescadores me han hecho recordar por qué decidí, hace unos años, viajar al norte.

En la entrada anterior, por cierto, olvidé explicar qué hago aquí. Como ya dije, he venido a cuidar de Lonchas, la simpática mascota del ARTICO ICE BAR, mientras su dueño Jose anda perdido -a ratos en bicicleta, a ratos en packraft- por la península de Kola. Podéis seguir su aventura con actualizaciones diarias en el Facebook del ARTICO ICE BAR. Cuando yo me siento con Lonchas en alguna de estas playas del mar de Barents, me dedico a explicarle dónde está su dueño. También que hubo un tiempo en que al lado de alguien, en playas parecidas pero mirando al Báltico, tracé un viaje que partía desde Murmansk. Viajes que ya no se harán, perros que viajaron aún más lejos.

Todavía, en esos ratos en la playa, o por las noches viendo auroras boreales, me veo obligada a dar las gracias a no-sé-qué por tener la suerte de disfrutar todo esto. Y aún hay quien pregunta cómo puede gustarme tanto el norte…

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