A qué olía la isla justo antes de dejarla

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Para quienes nacimos lejos del mar, el agua salada olerá siempre a verano. Qué más dará que años después no sólo viviéramos cerca del mar, sino que vivíamos en el mar, un mar que obligaba a llevar chaqueta y que permanecía más allá de septiembre: el agua salda sigue oliendo a verano. Qué más dará que hable de una playa en la que se acumula la nieve: sigue oliendo a verano. La isla justo antes de irme olía a pescado secándose al viento, a bañadores y crema solar, a arena y a algas pudriéndose entre las redes. Olía a otros veranos, qué más dará que nevara una semana atrás.

Olió unos días a invierno, la isla, al último invierno y otros. A perro mojado, a manos heladas por la nieve. La nieve huele a leña y a canela, olió a eso desde siempre, desde las primeras nevadas que caían en el pueblo una o dos veces al año y mamá nos enfundaba las botas de agua y desayunábamos nieve con canela. Un payaso y un nombre grabado en la cucharita de plata, el tazón de plástico amarillo, el perro mojado. Veinte años después la nieve seguía oliendo a perro mojado, a canela y a leña. La isla olió así un par de días, después volvió a oler a verano.

Cuando cogí el autobús en Honningsvåg a las seis y media de la mañana, la isla olía a café. Olía a café un hombre que subió cargado con dos bolsas y un termo de cinco litros; olía a café y a tabaco, el bigote amarillento y la gorra calada sobre el pelo lacio y sucio. La chaqueta le olía a pescado ahumado, olía a pescado ahumado todo él. En el trayecto paralelo al mar, una vez cruzado el túnel submarino del Cabo Norte -dejábamos la isla- le dijo algo a una chiquita que también iba en el bus y a la que había saludado afectuosamente al entrar, como si hiciera mucho tiempo que no se veían. Los dos miraron por la ventana, el sol encima del mar elevándose poco a poco, el agua calmada… y entonces, delfines. Horas más tarde los renos acostados e inmóviles parecían piedras enormes poblando un paisaje en apariencia vacío. Finnmarksvidda. Un sami en quad conducía paralelo a un vallado infinito y el autobús paró diez minutos por obras en la carretera.

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Hace ya una semana que volví de Honningsvåg, después de estar allí cuidando a Lonchas desde finales de agosto. Este año he estado en el norte en todas las estaciones: en enero, febrero, abril, mayo, agosto, septiembre y octubre. Para lo que queda de este año y el próximo, en cambio, no tengo prevista ninguna estancia por allá porque hay cosas que hacer aquí (volver a estudiar es entre genial y horroroso), aunque también me cuesta imaginar no hacer al menos un par de escapadas. Habrá otros perros -siempre hay otros perros- y otros viajes, pero no habrá Laponia. Me he llenado el saquito de recuerdos, para poder ir sacándolos poco a poco mientras esté lejos. Y hoy el desayuno huele a mannasuurimo finlandés.

*Si te gustan los perros, tienes experiencia con ellos, y no tienes miedo a la oscuridad, José Mijares busca a alguien que suba a cuidar de Lonchas desde mitad noviembre hasta principios de enero. Aquí tienes toda la información. 

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