¿Te ha picado el bicho?

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Este fin de semana nos damos cita unos cuantos aficionados al mushing en Fuentes Claras, un pequeño pueblo de la provincia de Teruel del que no sabría nada de no ser porque hace dos años el Club Mushing Monegros organizó por primera vez allí una carrera con perros de tiro. Es la primera carrera de la temporada y hay muchísimas ganas de ver a amigos y a sus perros, de compartir interminables charlas frente a unas cervezas (sólo se habla de perros, claro)… de volver a sentirse dentro (¡qué largo ha sido el verano!). Cuando empiezas en esto, no conoces a nadie y la gente cercana a ti te mira raro porque sólo hablas de perros o te has ido a vivir a Laponia buscando no se sabe muy bien qué, resulta de lo más gratificante acabar encontrando a gente con la que compartir esta tronadura. Y es que una vez el bicho del mushing te ha picado, si además encuentras a otros infectados por el virus… ya no habrá marcha atrás. Si no estás seguro del contagio, si necesitas confirmar algo que en realidad ya sabes (¡que estás enganchado!), aquí tienes algunos de los síntomas más evidentes.

– Hace frío, la gente se caga en todo y tú no puedes parar de dar saltos de alegría porque esa noche saldrás a entrenar. O estamos a finales de invierno, el hombre del tiempo dice que aún no llega el calor… y tú das saltos de alegría bajo la mirada asesina de toda la gente a tu alrededor. Y del verano… mejor no hablar, en mayo ya estás rezando para que vuelva el invierno.

– Enciendes el ordenador, escribes MUSHING en Youtube… y te dan las tres de la mañana.

– Gastas más pasta en los gastos de envío de libros que en los libros en sí. Es lo que tiene comprar libros que vienen de Alaska.

– Tu hijo nacerá mañana; aún no sabes cómo se llamará. En cambio, tienes una libretita llena de nombres para futuros perros que ni siquiera existen todavía.

– Agregas en Facebook a cualquiera que sea musher o aparente serlo. Por supuesto, le das al ME GUSTA de cualquier kennel. Por supuesto, sigues todas las páginas de kennels, mushers famosos y publicaciones sobre mushing (aunque estén en ruso).

– Conseguir buena comida  a buen precio se convierte en obsesión. Empiezas a mirar con otros ojos ese jabalí atropellado en la cuneta con el que te has cruzado yendo a trabajar…

– No tienes nombre para los vecinos. Eres “la de los perros“.

– Es tu cumpleaños y tu madre te regala una tarta con un husky con arnés y botines y abetos en fondant.

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– Nada del izquierda-derecha. Vas en coche de copiloto y utilizas el GEE-HAW.

– Alguien se da un golpe (alguien es una persona). “Échate un poco de Algyval“, le recomiendas.

– Qué más da que seas marinero que contable que electricista: ahora te das cuenta de que de joven deberías haber estudiado para ser veterinario.

– ¿Vacaciones en verano? ¿Eso qué es? Un signo evidentísimo de enfermedad es el de guardar el máximo de días de vacaciones para el invierno. ¿Adónde vas a ir con treinta grados a la sombra?

– Tu familia tiene más miembros de cuatro patas que de dos.

– La gente cuelga chaquetas en el perchero a la entrada de casa. Tú tienes alguna -probablemente llena de barro-, pero casi todo lo que cuelga de allí son arneses.

– La vieja máquina de coser de la abuela cobra un nuevo significado para ti. Ya no es un trasto viejo en el desván: ¡aprendes a coser para poder hacer botines para tu equipo!

– Olvídate del coche. El utilitario deja de existir: tienes una furgoneta y si piensas en cambiarla… es por una furgoneta aún más grande. En la que quepan muchos perros.

– Tienes un montón de peluches perrunos -huskys especialmente-, de todos los tamaños. Empiezas a coser arneses a medida para ellos. Y cuando tus amigos tienen hijos… les coses marionetas que son perros con arneses, para que en sus funciones teatrales representen la historia de Balto.

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– Te hostias contra un árbol, te haces un corte en la mano, el hombro se te sale del sitio y además se te congelan los dedos del pie. Pero sigues durante kilómetros, ¿cómo vas a volver a casa sólo por eso? Cuando uno de tus perros hace el más mínimo gesto de cojera, lo metes en el saco del trineo y te das la vuelta.

– No sabes cómo se llaman tus bisabuelos… pero serías capaz de remontarte seis o siete generaciones atrás cuando se trata de uno de tus perros sin fallar en un nombre.

– Miras obsesivamente páginas de meteorología. Sabes el tiempo que hace en trescientos kilómetros a la redonda (y en quinientos también), porque allá donde haga frío que te vas a ir a entrenar. ¿Qué más darán cinco horas de coche cuando podrás pasar dos sobre el trineo?

– 15º es CALOR.

– El pueblo en el que vives te empieza a parecer demasiado grande, demasiado poblado, demasiado lleno… y eso que sólo tiene 300 habitantes.

– Hablas con tus perros. Y estás seguro de que te entienden y te contestan.

– ¿Cómo era tu vida antes de los perros? Ya no te acuerdas.

– Recoger kilos de mierda de perro cada día no te importa. Incluso empieza a oler bien. Pero vomitarías si tuvieras que cambiarle el pañal a un niño.

– Ese momento en el que tu pareja te dice “o los perros o yo“… y la respuesta está clarísima.

– Tienes el kennel bastante más limpio que tu casa. Y en casa, todo todo todo está lleno de pelo y te da completamente igual. Alfombras, ropa, muebles, sofá… salen pelos de entre las teclas del piano, salen pelos en la sopa… pelos de perro, claro. Porque cuando convives con alguien de pelo largo y encuentras en la ducha unos cuantos cabellos humanos que no se ha tragado el desagüe… gritas del asco que te da.

– Vas a comprarte ropa, NO ropa técnica, ropa de la de salir a la calle, ir a trabajos en lugares cerrados y esas cosas. Ya no piensas en si te quedan bien o si te queda mal: la eliges en función de lo fácil que será que no se le queden montones de pelos pegados. Bueno, olvidaba que quizá ya nunca compres ropa así: tu armario se ha llenado de monos de trabajo, botas calientes y horrorosas, chaquetas de plumas y gorros, guantes, bufandas, manoplas…

– Nunca te has parado a leer las etiquetas de tu propia comida. Por supuesto, lees al detalle todo lo que pone en la etiqueta del pienso que les das a tus perros, hasta lo escrito en ruso si hace falta, no vaya a ser que en tu idioma se te haya escapado algo acerca de la composición. Y pasas muchísimo más tiempo cocinando para los perros que para ti.

– Puede que un día, hace mucho tiempo, le hicieras galletas a tu pareja… Lo que sí horneas todas las semanas son galletas para tus perros.

– Hay quienes quedan a las cinco de la tarde para tomar un café. Tú quedas a las cinco de la mañana para salir a entrenar.

– Tu grupo de amigos más cercano pasa a ser el de otra gente con perros. No es que dejes de lado a tus amigos de siempre, es simplemente que ellos aún no han descubierto el placer de pasar la Nochevieja en medio del monte en una furgoneta y con treinta perros alrededor.

– Vas a comprar o alquilar una casa. Y la casa es lo de menos, qué más da un baño o dos, una habitación o ninguna: lo importante es que tenga terreno suficiente para los perros.

– ¿Piensas que tener hijos tampoco es tan importante, pero que estaría bien sumar un perro más a la familia?

– No importa de lo que estés hablando, al final tus conversaciones siempre acaban en… perros.

– Vuelves de entrenar y les cuentas a la familia o al colega cada detalle de cada centímetro de suelo por el que has pasado, cada pajarito que ha levantado el vuelo a vuestro paso, la velocidad en cada momento… y no te percatas de la cara de profundo aburrimiento con la que te miran.

– ¿Hace calor? ¿Para qué salir de casa? ¿A la playa? Nooo diooooss a la playa nooo, por favooooor. ¡Fríoooo quiero fríoooo! Y ves salir a tus amigos cargados con sombrillas y toallas y tú te quedas frente al aire acondicionado cortando y montando necklines, qué más dará estar en julio y que tengas ya una caja de necklines hechas cuando sólo tienes dos perros. Por si acaso.

– Te despiertas en el suelo: la cama está llena de perros. Y no te importa. Empiezas a pensar en comprar una cama más grande. O en juntar dos camas muy grandes y poder dormir todos.

– Vas a comprarte algo, lo que sea, una cafetera de cápsulas mismamente, porque tienes ganas de tener una cafetera de cápsulas. O una cámara de fotos. Calculas mentalmente cuántos sacos de pienso podrías comprar con ese dinero. No te compras la cafetera, ni la cámara ni nada.

– ¿Al Caribe de luna de miel? ¿Qué me estás contando? ¡Nos vamos a ver la Iditarod!

– Un día decides irte a vivir al norte del norte. Un montón de perros, una cabaña, leña para el invierno, nieve… Puede que te quedes para siempre, puede que no, pero tu vida ya no volverá a ser la misma. En realidad, había dejado de serlo desde el primer momento en que pusiste un pie en esto.

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