XXIII Travesía de Los Monegros con Perros de Tiro

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Más de una semana después de que la travesía acabara, justo el día que llego a casa después de otra semana de alegre viaje, y mientras hago la maleta para salir mañana mismo a Lisboa… al ir a hacer la crónica de esta pasada travesía, encuentro que hay ya tantas crónicas en unos y otros sitios que poco más puedo aportar. A modo de resumen general, además de las noticias que diariamente se fueron publicando en webs y en papel en periódicos aragoneses, podéis leer cómo fueron las cosas aquí, en CompassDog. En el blog del Club Navarmushing, podéis leer lo que cuentan dos de sus socios participantes en la Travesía: Igor Lanz y Luis Mari Elizalde. Antonio y Petra, de Sueño Ártico, contaron en su página qué tal les fue a ellos y a sus perros. Y Marçal Rocías, del equipo Kobalaq, hizo lo propio en su blog.  En cuanto a valoraciones personales… comparto en gran medida lo dicho por la organización, que podéis leer aquí.

Hace sólo tres años que de alguna manera entré a formar parte de la Travesía y esos días se han convertido para mí en los días señalados, señaladísimos, del año. Quizá sea porque no tengo la suerte de vivir tan cerca como me gustaría de los amigos que he hecho gracias a la Travesía de Los Monegros, y son esos días los pocos que podemos compartir… quizá sea porque no hay nada que me llene como lo hace el mushing, aunque sólo sea, como es el caso cuando estoy en Monegros, visto desde la barrera, acariciando perros de otros en el stake out y hablando de cómo han ido esos perros,para luego poder contarlo en una nota de prensa.

Después de lo acontecido en esta XXIII Travesía, de algunas noticias, de las impresiones generales, de los debates posteriores en redes sociales… es evidente que algo cambiará de cara a la vigésimo cuarta edición. ¿El qué? Ya lo veremos. Sólo puedo decir que, a pesar de todo, ha vuelto a ser un placer disfrutar de esos días, conocer nuevas personas con quienes compartir esta pasión y reencontrarse con quienes ya forman parte de tu vida. ¿Carreras? Sí, claro, ha de haber carreras… pero está bien que sigan existiendo parcelas ajenas a la dictadura del crono. Y la Travesía de Los Monegros debería ser una de ellas.

Aprovecho, ahora que tampoco hace tanto tiempo que estuve encima de un trineo por última vez, pensando que este invierno sí habrá tiempo para estarlo, para recordar algo que escribí en octubre de 2012, sobre esa cosa que llamamos esencia, lo que era y sigue siendo, para mí, el deporte del mushing.

Si algo echo de menos, un año y medio después de haber estado por última vez encima de un trineo, son las primeras veces, antes de que aquello acabase convertido en un trabajo -oyendo el deslizarse de los patines sobre un lago helado con cuatro o cinco perros delante y deseando pisar la alfombrilla para frenar a toda hora ante el temor a “ir demasiado rápido” además de cayendo en cada curva-; la inocencia, supongo, con la que veía todo aquello, y que con el paso del tiempo fue desapareciendo para, a día de hoy, acabar asqueándome y repulsándome. Era algo mucho más sencillo, joder, mucho más primario, y a la vez, mucho más importante de lo que es para un montón de personas que conozco. Cuando decides dejar atrás no sólo comodidades –al final, lo de la ducha es lo de menos-, sino también a gente a la que quieres, a alguien a quien quieres y que representa una estabilidad y una felicidad aparentemente seguras, cuando olvidas absolutamente todo lo demás en pro de un sueño que acabó hecho realidad, jode enormemente verse en el mismo saco que según qué gente. No pretendo que todos piensen como yo, para nada. Cada cual vive esto a su manera, como quiere, o como le dejan, o como le han enseñado. Hablo de mí, simplemente, de que para mí, no era esto que veo ahora y en lo que de manera indirecta tomo parte. Ni carreras, ni competitividad de ninguna clase, ni circuitos de cuatro putos kilómetros con perros esqueléticos, ni animales dejados en cuanto dejaban de ser útiles con apenas tres años, ni gilipollas con chaquetas llenas de etiquetas. Aunque todo lleve el mismo nombre.
 
Si me enamoré de esto completamente fue por las horas con las manos helándose atravesando bosques hasta llegar a algún rincón en el que parar, encender un fuego y compartir conmigo misma o con alguien apreciado una taza de chocolate caliente mientras los perros descansaban, seguir luego hasta una cabaña en la que dormir, viendo antes de acostarse a esos perros que acababan de meterse varias decenas de kilómetros en las patas, enroscados sobre sí mismos encima de la nieve mientras las auroras boreales iban trazando en el cielo su camino de colores. Si me enamoré de esto fue por el placer que me producía ver el placer que les producía a ellos correr, el regalo de sus saltos y evidente alegría cuando veían los arneses para salir con el quad o el trineo, el verlos tirando de ello y por tanto de mí, como si nada más importara, siempre hacia delante. Y como me enamoré de eso, acostarme a horas intempestivas, levantarme poco después, y salir a helarme el culo recogiendo mierda no me importaba lo más mínimo, y cuando me importaba, pensaba en que era lo menos que podía hacer por ellos después de todo lo que ellos estaban haciendo por mí cada vez que los ataba a la línea de tiro, esto es: regalarme algunos de los instantes más emocionantes de mi vida y llevándome hasta algunos de los lugares más bonitos que he visto nunca. Simplemente eso.

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