A qué olía la isla justo antes de dejarla

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Para quienes nacimos lejos del mar, el agua salada olerá siempre a verano. Qué más dará que años después no sólo viviéramos cerca del mar, sino que vivíamos en el mar, un mar que obligaba a llevar chaqueta y que permanecía más allá de septiembre: el agua salda sigue oliendo a verano. Qué más dará que hable de una playa en la que se acumula la nieve: sigue oliendo a verano. La isla justo antes de irme olía a pescado secándose al viento, a bañadores y crema solar, a arena y a algas pudriéndose entre las redes. Olía a otros veranos, qué más dará que nevara una semana atrás.

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Magerøya

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Hace ya más de dos semanas que llegué aquí, al paralelo 71, una vez más a cuidar al perro Lonchas. No son unas malas vacaciones, la verdad, estas de estar aquí sin más obligación que la de estar a disposición del peludo las 24 horas del día. Si el invierno se nos hizo algo tedioso, en esta ocasión todo está resultando muy muy muy agradable, tanto para Lonchas como para mí. Al hecho de conocernos ya y saber cada uno qué piensa el otro en todo momento, se unen un clima más benévolo, la disposición de vehículo y un montón de horas de luz para disfrutar de la isla.  Sigue leyendo

Honningsvåg

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Algunas imágenes de lo que ha sido este mes en Honningsvåg junto a Lonchas. Un mes realmente productivo, finalmente, en lo que respecta a la introspección y la reflexión… Creo que era Pérez-Reverte  -no recuerdo dónde, probablemente en alguno de sus artículos sobre el mar que aparecen recopilados en Los barcos se pierden en tierra– el que hablaba de los hombres con sangre bajo las uñas, hombres con lluviosos corazones de noviembre, o algo así, y he pensado que puestos a llevar algo siempre detrás, antes que la sangre bajo las uñas, el salitre en el pelo o el barro en los zapatos, siempre preferiré llevar pelos de perro, de perros, pegados a la ropa.

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Hike!

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Dejé el Ártico en mayo de 2011 después de haber vivido allí los años más intensos, más felices y plenos que puedo recordar. Podría aventurarme a decir los mejores años de mi vida, pero eso significaría reconocer que no confío en que haya algo mejor por venir… y ese no es el caso. Después vagabundeé -a pie- por Carelia durante unas semanas y vagabundeé otras semanas –en velero- por el mar Báltico. Un desafortunado accidente puso patas arriba el sueño hecho realidad en el que había convertido mi existencia, y luego fui incapaz de recuperar ese sueño; ni siquiera alcancé de nuevo el punto de partida: me quedé sin brújula y perdí el norte por completo. Sigue leyendo