La Iditarod

Foto: Iditarod Trail Committee

Foto: Iditarod Trail Committee

No guardo recuerdos, no al menos exactos, relacionados con el mushing a temprana edad. Y es lógico; quizá si hubiera nacido algunos países más al norte podría haber caído en una familia que viviera rodeada de nieve y perros, pero hube de conformarme con esto último, con nacer en el campo aunque apenas nevara dos o tres veces al año, en una casa en la que los perros siempre estuvieron cerca. Decía mi abuelo a veces de atar a la traílla de sus perros de caza un carrito para que me llevaran arrastrando, como hacía el hombre que mi abuela y sus hermanas recordaban que iba vendiendo por todos los pueblos de este valle cuando ellas eran pequeñas. Años después vi la foto: se trataba de un hombre diminuto que con un atelaje similar al empleado para los caballos, enganchaba a un pobre perro considerablemente más alto que él. Aunque entre mis libros infantiles había cuentos de Jack London, adaptaciones ilustradas de La llamada de lo salvaje o de Colmillo Blanco y en ellas aparecían perros de tiro, no fue hasta una noche mientras mi hermana y yo cenábamos que vi por primera vez de qué iba aquello y soñé con hacerlo algún día.
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